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Gotas de Paz - 315 Roma, 28 de
noviembre del 2008.
“Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño
de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al canto
del gallo, o al amanecer; no sea que venga
inesperadamente y os encuentre dormidos.” Mc 13, 36
Estimados hermanos estamos al inicio del Adviento,
también inicio de un nuevo año litúrgico y la Iglesia
abre su nuevo tiempo invitándonos a meditar sobre el
retorno de Cristo y la realización plena de su reino.
El evangelio de este domingo insiste mucho sobre la
vigilancia como característica de la vida cristiana. No
sabemos cuando él llegará, por eso es mejor estar
preparados siempre.
En una interpretación literal de estas palabras de
Jesús, por muchos siglos, Y tal vez aun hoy en algunos
monasterios, los monjes hacían oraciones comunitarias al
atardecer, se despertaban a media noche y se reunían en
el coro para orar, lo mismo lo hacían a la hora del
canto del gallo, y de nuevo al amanecer, esto es, más o
menos a cada tres oras se reunían para la oración.
Aunque esta interpretación sea muy bonita, más que nada
es importante su sentido profundo. Quizás hoy, con
auxilio de las ciencias que nos aconsejan al menos siete
horas de sueño continuado, podemos organizar en otros
modos nuestra vida de oración. Lo que los monjes
demostraban con esta práctica era que mantenían una
continua atención hacia Dios, esto es, aquellos que con
mucho sacrificio se despertaban varias veces en la
noche, hasta mismo en el más riguroso invierno,
ciertamente también en la acción cotidiana buscaban al
máximo vivir la palabra de Dios. Esta práctica agudizaba
el deseo de estar siempre despierto a las cosas de Dios,
de no dejarse llevar por las cosas del mundo, de no
distraerse del justo camino, adormecido en las
comodidades del pecado. No tendría sentido despertarse
en la noche para orar, y en las otras actividades del
día vivir como si Dios no existiera, por ejemplo
despreciando a los hermanos, diciendo mentiras, haciendo
todo egoístamente. Entonces la función de esta práctica
radical de los monjes era también dejarlos estimulados a
estar siempre atentos.
Infelizmente hoy día, muchas veces nuestra fe es muy
superficial. A veces tenemos una idea exactamente al
contrario de aquella del evangelio. Parece que en el
fondo pensamos que si Dios va a venir, seguramente aun
está lejos. No será ni hoy ni mañana. Este pensamiento
nos acomoda, nos deja tranquilos en medio a nuestros
vicios y pecados. Pensamos siempre que más adelante
intentaré convertirme y cambiar. Pero esto ¡es una
trampa! Es aquí que nacen las sorpresas. Nos enredamos
tanto en el mundo, que cuando nos percatamos nuestro
tiempo es finito. Dios llega y nos encuentra durmiendo
en los brazos de una vida inauténtica.
Perdóname, si insisto, pero ya sabemos que el bien solo
puede crecer con un esfuerzo continuo de nuestra parte,
con nuestra vigilancia, al paso que el mal crece solito,
basta cruzar nuestras brazos que él prospera. Para
construir siempre cuesta mucho, pero para destruir
bastan algunos segundos.
Es cierto que lo que Dios espera de nosotros es una
vigilancia en la vida, y no tanto un quedarse sin dormir
en la noche. Pero es cierto también que hacer de vez en
cuando una vigilia puede despertarnos a estar más
atentos a todas las cosas del cotidiano. Por eso,
resulta muy bonito en las parroquias, los movimientos o
en los conventos que organizan algunas experiencias de
vigilia de oración (especialmente en los tiempos
fuertes, o en la muerte de alguien, o para acompañar
alguien en su dolor). Este esfuerzo en vencer el sueño
durante toda una noche, esta búsqueda en ocupar la mente
con cánticos, con meditaciones y oraciones nos estimulan
a hacer lo mismo en la vida ordinaria.
Todos los cristianos estamos invitamos a vivir en estado
de continua vigilia, siempre dispuestos al bien, a la
caridad, al servicio.
Oh Señor, danos la gracia de perseverare siempre y de
desear que tu vengas hoy, porque te estoy esperando.
“¡Ven Señor, Jesús!”
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