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Gotas de
Paz – 314 Roma, 21 de
noviembre de 2008.
“El Rey responderá:
“En verdad les digo que lo que hicieron a uno de estos
mis hermanos más pequeños a mí lo hicieron.”” Mt 25, 40
En este domingo la Iglesia
nos invita a celebrar la fiesta de Cristo Rey del
universo. Para ayudar a nuestra meditación ella nos
ofrece el evangelio del Juicio final, donde Jesús es
llamado de “Rey”.
Esta fiesta es expresión de
la fe de la Iglesia en el triunfo final de Jesús y en la
felicidad eterna de su reino. Pero, ¿quién participará
de esta vida eterna? ¿Quiénes podrán gozar con Jesús de
la maravilla de su reino?
Ciertamente participarán de
la vida eterna en el reino de los cielos todos aquellos
que en este mundo ya organizaron su vida a partir del
Señorío de Jesucristo, esto es, aquellos que lo
conocieron en este mundo y buscaran de practicar su
Palabra y seguir sus huellas. Aquellos que fueron
consagrados a él en el bautismo y vivieron activamente
como miembros de su Iglesia. Aquellos que hicieron del
amor la bandera de sus vidas, que fueron generosos en el
perdón, que fueron disponibles al servicio de todos, que
encontraron fuerzas en la oración, que no huyeron del
compromiso... teniéndolo como modelo y ejemplo. Quien
hace de Cristo su Rey en este mundo, ciertamente
participará de su reino eterno.
Con todo, existen muchas
personas y pueblos diversos que no conocieron a Jesús,
que pertenecieron a otras religiones, que no fueron
evangelizados, que vivieron en otros tiempos... ¿qué
pasará con ellos? ¿Podrán también ellos participar del
reino de Cristo, y gozar de la felicidad eterna?
Seguramente esta pregunta se puede responder a partir
del evangelio de este domingo. Ellos serán juzgados de
acuerdo al bien que hicieron a los demás, especialmente
a los más necesitados.
Cuando Dios hizo al hombre
ya colocó en su corazón una especial sensibilidad hacia
las personas que prueban el dolor. Nosotros no
conseguimos quedar indiferentes delante del sufrimiento
de los demás. Es muy difícil quedar intocado, cuando una
persona llora delante de nosotros, o gime, o tiene
heridas, o se muere de hambre... Pero tenemos dos
alternativas en situaciones como estas: una es ser
solidario e intentar hacer cualquier cosa para aliviar
tal sufrimiento; la otra posibilidad es huir de la
situación, cambiar de vereda en la calle, hablar de
otras cosas, distraerse con otras imágenes, inventar
justificativos, en fin, lavarse las manos.
A los que son cristianos, a
los que siguen a Jesucristo, se supone que solamente
tienen una alternativa: ser solidarios, pues aparte de
esta sensibilidad natural de todos los hombres, nosotros
tenemos también otra motivación: sabemos que Jesús se
identifica con los sufrientes; sabemos que todo lo que
hacemos a un necesitado lo hacemos a Jesús, nuestro Rey.
(Así que, en el Juicio final no podremos tener la “cara
dura” de decir: “yo no sabía que eras tú, Señor”.)
Las personas que no
conocieron a Jesucristo, pero que delante del dolor
ajeno se hicieron solidarias, aun que por un motivo
solamente humano, serán invitadas por Él a la vida
eterna en el cielo.
Pero aquellas, que se
encerraron en su egoísmo, que huyeron de los
necesitados, que se esquivaron cuando podían actuar de
otro modo, Jesús no tendrá otra alternativa que
confirmarles en su egoísmo, dejándoles fuera de su
reino.
A los pueblos y personas
no-creyentes el criterio para la salvación será tan solo
la caridad, la sensibilidad hacia los hermanos más
pequeñitos, el respecto de esta ley natural que nos
inspira a la ayuda fraterna. Estas personas solamente
allí sabrán que Jesús es el Señor y Rey del
universo.
Por eso
queridos(as) hermanos(as), nosotros que ya profesamos la
fe cristiana, esto es, que ya sabemos que Él es nuestro
Rey y Señor, debemos empeñarnos en vivir su propuesta ya
en este mundo. Debemos hacer con que su reinado empiece
ya en nuestras vidas.
Señor Jesús ayúdanos a
testimoniar con fuerza nuestra fe, reconociendo tu
presencia en los hermanos más abandonados.
El Señor te bendiga y
te guarde,
El Señor te haga
brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
El Señor vuelva su
mirada cariñosa y te dé la PAZ.
Hno Mariosvaldo Florentino,
capuchino |